-"Llamo para confirmar su cita de las 3"
-"Oh, pues no creo que hoy pueda concretarla". -No seas gallina dame el teléfono," A las 3 estará allá gracias por llamar."
A Norman no le gustaba sentir dolor de ninguna clase, tan solo la idea de asistir al dentista hacía que sintiera un apretón en el estómago. Desde niño antes de llegar a la consulta fantaseaba con que un dinosaurio se atravesara frente al auto o que un tornado llegaba a la ciudad, eso sería suficiente para evitar estar por media hora bajo una luz cegante, un sonido que le partía los tímpanos y muchas herramientas de tortura, era lo más cercano a la muerte para él.
La puntualidad es una característica propia de un chico del Sur por lo que apareció frente a la recepcionista a las 14.45.
-Espere en el asiento, lo llamarán enseguida.
La recepcionista no era lo que uno podría considerar como una mujer de muchas palabras, pero bajo estas circunstancias tampoco lo era Norman, su garganta estaba apretada, las manos las tenía sudorosas así como su frente y espalda... el miedo no era su imaginación.
-Revista Poppler: cómo mantener tus uñas firmes con 3 consejos prácticos, "esto no ayuda a bajar la tensión" era lo único que podía pensar mientras sentía el sonido de los aparatos al otro lado de la puerta y a través del vidrio granizado lograba apreciar las sombras torturadoras. De repente hubo un silencio interrumpido por un pequeño sollozo, luego seguido por un grito; ¿Auxilio?
Norman miró rápidamente hacia la recepcionista y ésta le sonrió como si no hubiese escuchado absolutamente nada.
Ya llevaba veinte minutos en la consulta y los últimos cinco había intentado apaciguar su pulso que se había desbocado al escuchar al paciente dentro de la habitación, esta vez no lograba diferenciar si había sido su imaginación.
El color damasco de la sala comenzaba a marearlo y mientras decidía si las sillas azules iban o no con las paredes se escuchó dentro de la habitación lo que parecía un hombre gimiendo o quizás era un perro, pero el gemido se iba acercando y mientras más cerca estaba más acelerado se volvía el pulso de Norman que miraba atónito hacia la puerta, no veía sombras ni escuchaba herramientas hasta que en un segundo que pareció una eternidad un par de manos ensangrentadas se deslizaron por el vidrio granizado, no eran los dinosaurios ni tormentas catastróficas, esta vez se sentía real.
La puerta se abrió lentamente y una cara con una sonrisa más grande que la del Guason se asomó para decir: "su turno".
Norman miró atónito a la recepcionista y ésta le sonrió como si no hubiese visto absolutamente nada.
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